miércoles, 27 julio 2005
Glosa para acordarme de Alí
Cómo no acordarme, compañero...
compañero, cómo no acordarme,
si me da por cantar
cada vez que me acuerdo...
Alí Primera, Canción para acordarme
(Fragmento)
I
Escribo en este momento
un poema, que no es mi fuerte,
y lo escribo como una suerte
de expresar mi sentimiento.
En estos versos yo cuento
mi parecer sobre un coplero
comunista y paraguanero,
Alí Primera se llamaba,
y con una guitarra cantaba
“Cómo no acordarme, compañero...”
II
Me acuerdo cuando escuché
por primera vez su cantar:
hablaba del despertar
de la historia. Me interesé
por su canto, y encontré
mucho material para ilustrarme,
como la “Canción para acordarme”,
“Tania”, “Black Power”, “Reverón”,
“Tin Marín” y “Napoleón”.
Compañero, ¡cómo no acordarme!
III
Al final, me atrajo su canto,
y entendí por qué en este mundo loco
hay tantos con tan poco
y tan pocos con tanto...
Alí hablaba de risas y llanto,
cantaba por el pueblo su pesar;
hoy, intentando el cuatro tocar
con esa sinceridad atroz,
se me enronquece la voz
si me da por cantar.
IV
Su canto sigue vigente.
Esperemos que la patria buena
salga adelante, libre y plena
con el empuje de su gente.
Una pregunta invade mi mente
como un pensamiento cuerdo:
¿aun estará su recuerdo
al árbol de la noche amarrado?
No lo sé. Eso me ha intrigado
cada vez que me acuerdo...
01:54 Anotado en Poemas | Permalink | Comentarios (0) | Email esto
Despertar
Sábado. Estoy pasando la transición de estar dormido a despierto. Dicen que en ese momento es cuando uno sueña.
Pero yo no sueño esta vez. Sólo quiero despertar.
Quiero despertar en un mundo donde todos nos podamos decir “buenos días” y ser gentilmente correspondidos, como esos madrugadores que siempre nos sacuden positivamente el ánimo. Lástima que esos mismos madrugadores no ejerciten ese don todo el día. O al menos algunos de ellos. Siempre he dicho que los caraqueños somos educados hasta las seis y media de la mañana. Después de esa hora, se olvida todo: la educación, buenas costumbres... sobre todo en una estación del Metro abarrotada de desesperados luchando para entrar al tren. Por eso, quiero despertar en un mundo cortés, donde cada “buenos días” o “muchas gracias” o “por favor” levanten la moral de todos los ciudadanos.
Quiero despertar en una ciudad limpia, sin escombros, cuidada, preservada sobre todo por nosotros mismos. Donde no hayan niños de la calle, donde podamos transitar tranquilos, sin la angustia de ser víctimas del hampa.
Quiero despertar en un país donde quepamos todos. Venezolanos y extranjeros, oficialistas y oposicionistas, orientales y maracuchos, caraquistas y magallaneros... Benito Juárez sabiamente dijo una vez que “la paz es el respeto al derecho ajeno”. ¿Tanto cuesta ponerlo en práctica?
Quiero despertar en un mundo donde las personas vayan con una sonrisa en la cara. Y no como una expresión de burla, sino como un reflejo de la alegría de vivir. Que las caras largas y serias sean para los pocos amargados que queden (o se resistan) al cambio.
Quiero despertar en un mundo donde los diccionarios no admitan la palabra “guerra”, por no existir su significado. Nosotros debemos hacer desaparecer la guerra, y no que la guerra nos desaparezca a nosotros.
Quiero despertar en un mundo donde todos digan la verdad. Por ella murió Cristo, dicen. Quiero que no nos engañen más. Que los gobernantes no nos mientan, ni que las demás personas nos manipulen con información tergiversada.
Quiero despertar en un mundo donde se sepa apreciar la magnificencia de la naturaleza. Donde no se destruya nuestro medio ambiente. Donde podamos respirar aire sin riesgo de contaminarnos los pulmones.
En resumen, quiero despertar en un mundo distinto.
Despierto, prendo la televisión... y todo sigue igual. La mentira, la contaminación, la guerra, la violencia, la mala educación y la tristeza aún están en el mundo, vigentes hoy más que nunca.
Apago la televisión y decido volver a dormir.
A ver si sueño algo bonito...
A ver si sueño...
01:28 Anotado en Cosas que me pasan | Permalink | Comentarios (0) | Email esto
Insomnio
01:27 Anotado en Cosas que me pasan | Permalink | Comentarios (0) | Email esto
La razón de mi escribir
Es curioso ver cómo muchas personas ensalzan algunas cosas o algunas personas como “la razón de mi existir”. Hasta suena romántico decírselo a nuestra pareja.
Pero esto implica muchas cosas.
Trabajar, estudiar, realizar alguna actividad determinada o simplemente no hacer nada, en conjunto o por separado, pueden indicar que una persona existe. Hasta las más cotidianas tareas nos dan indicios: comer, vestirse, caminar, bañarse, hablar, ir al baño... hasta eso puede representar existir (y de qué manera...).
Yo prefiero ser un poco más específico en este aspecto. Por eso escribo sobre la razón de mi escribir.
Escribir. A algunas personas les disgusta escribir, otras personas han ganado millones por el sólo hecho de escribir uno que otro libro. En mi caso, escribo para manifestarme, para sacar a flote mis pensamientos y/o mis sentimientos, que muchas veces no puedo expresar oralmente. TODO lo que no puedo decir verbalmente, hablando, lo dejo por escrito. Mis temores, mis tristezas, mis alegrías, mis arrebatos de locura, mis opiniones acerca de algo o de alguien... los puedo escribir en un cuaderno o en una computadora, pero allí quedan, como esperando que otra persona los lea y pueda comprender la sensata locura que redondea al autor.
No quiero decir con esto que mi personalidad en público sea totalmente distinta a la que se pueda develar en mis textos. No soy un Dr. Jekyll ante el mundo y un Mr. Hyde escribiendo. Soy yo mismo, no hay asomo de doble personalidad; Sólo que hay cosas que no puedo (o no quiero) decir en público.
Algunas veces, escribo para desahogarme. Cuando un sentimiento negativo me invade, tomo lo que tenga a mano (hoja, computadora) y escribo sobre algo, o sobre lo que me preocupa. A medida que escribo, esa sensación negativa se va disminuyendo, cada palabra que plasmo minimiza mi preocupación. Al terminar, me siento más aliviado, más relajado, y más en paz conmigo mismo.
Rara vez escribo poemas. De niño, solía componer algunos. No muy buenos, sí, pero tenían el candor de las aventuras de mi niñez. También leía muchos poemas, que me servían de inspiración para escribir. Tenía un poemario, el célebre Repertorio poético de Luis Edgardo Ramírez, que aún conservo; esa era mi fuente principal de lectura de poemas. Allí conocí a los angelitos negros de Andrés Eloy, los amores tormentosos de José Ángel Buesa, el romanticismo de Rubén Darío, la complejidad de García Lorca, y otros menos conocidos. Recuerdo las Coplas del amor viajero, de Andrés Eloy, sobre todo la primera:
Vas pasando por mi casa,
a flor de ti, la sonrisa.
Fuiste un ensueño de gasa;
fuiste una gasa en la brisa.
Fui creciendo y me incliné hacia los cuentos, sobre todo en mi secundaria. Me sedujo el Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga. Escribí algunos cuentos, pero ninguno terminó por gustarme. A pesar de ello, me quedó la costumbre de escribir en prosa. Y siempre la he ejercitado.
Últimamente, me he visto motivado a escribir algunos “pensamientos sueltos”, como los llamo yo. Esta práctica revivió mi secundaria y me incentivó a arriesgarme a escribir unos cuentos que, si bien son cortos, creo que tienen algo que inciten a leerlos. Entre mis cuentos y mis pensamientos sueltos suele haber cierta conexión. Pero esa es otra historia.
Puede que la principal razón de mi escribir sea la de satisfacer mi ego de creerme escritor. Pero no lo creo: si esa efectivamente fuera mi razón, estaría escribiendo una novela, pero no tengo talento ni intención de escribirla; además, prefiero los cuentos por ser algo más concisos, más leíbles.
No quiero decir que no me gusten las novelas; me gusta leer una buena novela, sobre todo si tiene ribetes históricos. Pero me parece que una novela no está dirigida a todo el público. Por ejemplo: ¿un niño de 9 años entendería Cien Años de Soledad? Creo que no. ¿A un musulmán fundamentalista le interesaría leer El Nombre de la Rosa? A Salman Rushdie casi lo matan por sus Versos Satánicos. En cambio, los cuentos los puede leer todo el mundo, no hay distinción de ninguna clase. Si no lo creen, ¿cómo es que todos nos sabemos el cuento de la Caperucita Roja? O para ser más criollos, ¿quién no ha leído, aun de adulto, las peripecias de Tío Tigre y Tío Conejo? Esto lo han sabido muy bien todos los cuentistas: los hermanos Grimm, Andersen, Quiroga, Garmendia... por sólo nombrar a algunos que se me vienen a la mente.
Confieso que siempre he tenido la ambición de escribir un libro. Aun la tengo; un libro de cuentos no estaría nada mal. Pero eso puede esperar. Por ahora, me conformo con escribir para mí; gracias a Dios que he tenido la suerte de tener un selecto grupo de personas que leen mis escritos. A todos ustedes, gracias.
Tengo varias razones para escribir. Y todas ellas se pueden resumir en una sola: escribo porque me gusta escribir. Ese gusto, ese placer en plasmar palabras, es la razón de mi escribir.
01:24 Anotado en Pensamientos Sueltos | Permalink | Comentarios (0) | Email esto
A veces
A veces pienso que la mujer ideal, la mujer de mis sueños, no existe. Quizás porque esa mujer no existe. O, simplemente, porque ya no tengo sueños.
A veces me la imagin como una mujer blanca, alta, de cabellos largos color de azabache, pero sin rostro. Viste con una larga túnica blanca. Camina por un campo dorado en plena primavera, en una actitud de gozo y felicidad. A veces pienso que tal visión es un trastorno de mi imaginación, o una jugarreta de mi sub-consciente.
A veces la siento tan cerca, tan a la mano... puedo respirar su perfume de jazmín, sentir la fuerza de su presencia. A veces la siento tan lejos, tan distante... como decía el poeta: "como el cielo: azul, imposible, lejana"...
A veces creo que el amor es real, que uno lo puede palpar. A veces creo que no existe, o que no me presta atención.
A veces siento que estoy solo contra el mundo. A veces siento que el mundo está contra mí.
A veces me considero cuerdo. A veces me considero loco.
A veces soy yo. A veces no soy yo.
Pero existo.
01:16 Anotado en Pensamientos Sueltos | Permalink | Comentarios (0) | Email esto
Un día en el teatro (crónica en una introducción y tres actos)
Introducción
Un domingo cualquiera decidí ir al teatro. El cartel anunciaba a una orquesta sinfónica que ejecutaría “Así hablaba Zaratustra”, de Richard Strauss, aparte de otras piezas. Me sentí atraído de ir no sólo por la música, sino por esa curiosidad de conocer el teatro; sentir de verdad si era tan fabuloso y pomposo como lo pintaban en otras épocas. Además, había un incentivo: la entrada era libre... aunque para ser sinceros, hubiese ido aún pagando un poco.
Llegué al teatro casi a la hora. Suponía que, en estos tiempos, a nadie (o a casi nadie) le interesaba la música clásica, por lo tanto no debía encontrar mucha dificultad para entrar... ¡Cuál fue mi sorpresa al ver que la cola para entrar al teatro casi le daba la vuelta! Entusiasmado por esto, llegué a mi fila. Mientras departía con algunos asistentes en plena cola, me di cuenta que todavía queda un rincón de cultura en los corazones de los caraqueños. Gente de todas partes de la ciudad, de todas las clases sociales, de todas las edades, hasta algunos extraviados... se podía encontrar de todo en la asistencia. Claro, no faltaban las personas que preguntaban si la cola era para algún programa del Gobierno: Misión Vuelvan Caras, Robinson, Ribas... la “Ruta de la Guarapita”, como se burló una vez un profesor... lo que más me daba risa era la cara de contrariedad de los mismos cuando se les decía que era a un concierto de música clásica.
Después de casi quince minutos, entré. Las crónicas no mentían: el interior del teatro era imponente. Casi en todo su viejo esplendor. Las escaleras clásicas, las cortinas de brocado, las alfombras en los pasillos, las butacas originales (algo duras, pero con estilo), la iluminación total... hubo un momento en que consideré una desfachatez el ir vestido de blue jeans y franela a un sitio como éste, pero recordé que estamos en el siglo XXI y en Venezuela, donde todo es posible.
Me ubiqué en uno de los palcos para tener una mejor vista del teatro y del escenario. A los pocos momentos se apagaron las luces...
Primer acto
El maestro de ceremonias presentó al director, quien habló un poco más de lo esperado... de su familia, de su colegio, de su trabajo, habló de todo menos de la obertura. Pensé que los habladores de gamelote no se daban en teatro.
Gracias a Dios, el director se dio cuenta de su inspirada elocuencia... se excusó y se colocó frente a la orquesta. En fin, comenzó con una obertura muy buena. Era una elegía, de sonidos fuertes pero bien coordinados, y que terminó de manera magistral.
Segundo acto
La segunda pieza consistió en una sinfonía para tuba... sí, no es muy común que se oiga una pieza para tuba, pero las hay... yo tampoco lo creía hasta que la escuché. Y de verdad que se pueden escuchar melodiosos sonidos de ese instrumento tan grande. El ejecutante conocía su oficio; según el folleto que me entregaron, había aprendido a tocar con los mejores. Y lo demostró con ese solo de tuba. Más de uno quedamos impresionados, no sólo por la melodía del instrumento, sino por la versatilidad y habilidad del ejecutante. Vamos a estar claros: tocar una tuba DE PIE no creo que sea muy fácil, sobre todo cuando eres el solista... El aplauso, al final de la obra, fue estruendoso, si se considera que el teatro no estaba lleno.
Intermedio
Me dediqué a recorrer el teatro. Las escaleras, los corredores, los palcos, la antesala... todo decorado al estilo antiguo. Hasta los baños estaban muy bien conservados. De lejos pude ver el palco presidencial. Los mejores asientos, una vista privilegiada, el borde decorado con el Escudo de Armas de la República... llegué a imaginarme a Guzmán Blanco contemplando cualquier obra desde ese mismo palco.
Me encontraba distraído recorriendo uno de los corredores, cuando una muchacha me indicó que ya estaba por empezar el concierto. Le agradecí y volví a entrar, esta vez en un palco más elevado, pero la vista seguía siendo imponente.
Ultimo acto
Al fin iba a saber cuál era la dichosa Zaratustra. Al menos, el poema de Nietzsche me lo han vendido como la obra inspiradora del nazismo de Hitler. Por consiguiente, pensé que la sinfonía (o poema sinfónico, como decía el folleto) debía sonar igual.
Me equivoqué.
Al oír la obertura de la pieza, recordé que la había escuchado varias veces, sobre todo en películas. Pero escucharla en vivo y directo era algo sensacional. Casi te arranca del asiento. Recuerdo que me sentía extasiado con la música, tanto, que llegué a cerrar los ojos para escuchar mejor; comprendí que, del gamelote que habló el director al principio, algo que dijo tenía de cierto: “actualmente relacionamos el sonido con la imagen, por eso mucha gente no sabe apreciar la música clásica”.
La pieza tiene partes fuertes, de gran intensidad, pero también cuenta con pasajes de inusitada suavidad, en completa armonía, que le da a este poema sinfónico una dimensión única.
Al terminar, el teatro se vino abajo. Todos de pie, ovacionando a la orquesta. El director tuvo que salir hasta cinco veces, abrumado por los aplausos. La orquesta estaba en el mismo estado emocional que el director: no salía de su asombro. Tardamos más en aplaudirlos que en salir del teatro...
Al salir del teatro, me sentí algo distinto. No sé qué poderosa influencia me dejó el teatro, pero puedo asegurar que será duradera. Aún no atino a saber qué fue: el teatro mismo, la orquesta, la música... pero guardo un muy grato recuerdo de mi primer concierto en un teatro de primera.
Telón
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El mendigo y el Mariscal
Un mendigo caminaba sin rumbo por un sendero de la selva. Alto, un poco encorvado, la piel tostada por el sol, cara de enfermo, ojos azules que tenían una mirada triste; vestía una vieja casaca de soldado del ejército libertador, pantalones de arriero y alpargatas deterioradas.
En efecto, fue soldado en el glorioso Ejército Libertador: recorrió muchas leguas, desde los Andes colombianos hasta el altiplano boliviano. Era sargento de infantería. Pero un buen día se acabó la guerra. Llegó un decreto del presidente licenciando a numerosos combatientes, y él era uno de ellos. No sabía qué hacer, no conocía otro arte que no fuera el de la guerra. Sólo sabía manejar el sable, cargar a bayoneta al enemigo, disparar un rifle, dar órdenes... nunca aprendió otra cosa. Mucho menos podía comenzar a vivir.
Se dedicó a robar. Con un pistolón y su casaca azul, esperaba amenazante en los caminos a sus víctimas. Los despojaba de cuanto llevasen encima. Llegó a ser un reconocido salteador de caminos. Lo buscaron, lo rastrearon, pero él se escapaba. Y reaparecía en otra parte, en su “oficio”.
Un día nublado lo encontraron durmiendo en el recodo de un camino que conducía a Quito. Lo apresaron. Estuvo dos años preso, hundiéndose cada día más en la lúgubre cárcel donde estaba. La guerra entre Colombia y Perú le devolvió la libertad: al saberse que había sido soldado del ejército, lo reinsertaron para que luchara contra el nuevo enemigo. Luchó con denuedo, como en los días gloriosos del pasado. Su acción más destacada fue la del Portete de Tarqui, donde cargó con veinticinco hombres a punta de bayoneta, salvando a muchos soldados, incluido el oficial al mando de su escuadrón. Éste, agradecido, lo recomendó al mismísimo Mariscal Sucre, quien le devolvió el grado de Sargento en persona, en el mismo campo de batalla.
Así fue que conoció al Gran Mariscal de Ayacucho. Le pareció un general muy noble y caritativo, muy distinto a los otros. Y vaya que vio a muchos: Santander, Bermúdez, Silva, Padilla, Flores, al mismo Bolívar... todos estrictos, severos, incluso algunos crueles... pero no se podían comparar con Sucre. Esa visión le quedaría por el resto de su vida.
Pero su dicha duró poco: lo volvieron a retirar del ejército. Ya no había más guerras, excepto la que estaba por venir, que era peor: la guerra civil. Quedó como al principio, sin saber cómo vivir. Malgastó sus dineros. Cuando quedó sin un centavo, pensó en robar de nuevo, pero una extraña sensación lo invadió. Recordó al mariscal, su figura, su honradez, su sencillez. Y recordó lo que le había dicho: “Sargento, es usted muy valiente. No use esa valentía para herir a los demás”. Pues Sucre supo que había sido bandolero. Y esa vez, no halló qué decir. Quebró la cabeza y se retiró, abatido.
Con la imagen de ese recuerdo, decidió no robar, sino mendigar.
Recorrió medio Ecuador mendigando. Primero mendigó en la ciudad, luego se fue por los caminos. Lo poco que recibía se le iba en comida y en aguardiente, su gran vicio. Pero sabía que no podía beber como antes; que tenía que comer. Y lo hizo. Dormía en cualquier parte: en el suelo, en bancos de piedra, en las laderas de los caminos...
Decidió ir a Colombia. Allí la gente tiene más plata para dar a los mendigos, pensó. Y fue poco a poco, lo que le permitían sus piernas.
Un día, cansado de caminar, se detuvo en plena selva de Berruecos. El paraje le causaba terror. Ya estuvo allí una vez, camino de libertar Quito. Esa vez se sobrecogió, porque la selva se hacía más densa y oscura a medida que penetraban en ella. Además, sabía de fuente cierta que el camino era peligrosísimo, por los bandoleros profesionales. Se levantó, presa de ese recuerdo, y caminó más adelante, para buscar un sitio un poco más despejado.
En eso estaba, cuando vio que un jinete se acercaba en sentido contrario. Vestía con un sobretodo de paño negro, botas de montar y un sombrero de jipijapa bastante gastado. Montaba un caballo bayo. El mendigo recurrió a su fórmula habitual para pedir monedas: “Una limosniiiiiiiita...”. El jinete paró, metió las manos en los bolsillos y sacó unas cuantas monedas.
“Tome, buen hombre”.
El mendigo alargó la mano para recibirlas, y le vio el rostro al jinete. Le pareció conocido, pero no supo acertar dónde lo había visto.
“¡Dios se lo pague, señor!”
El jinete se incorporó en su cabalgadura y reanudó su camino. Mientras se alejaba, el mendigo lo contempló a él más que a las monedas: “¿Dónde lo he visto?” Cuando el caballo se perdió de vista, el recuerdo le vino de lleno: “¡Virgen Santa! ¡Si era el mariscal Sucre!”. No acababa de reponerse de la emoción, cuando escuchó un disparo en las cercanías. Con habilidad, se escondió detrás de un árbol. Estuvo allí un rato. Vio cómo tres hombres de muy mala catadura pasaron frente a él, camino a Colombia. Estaban armados con rifles, y uno de ellos estaba humeante. No había dudas: mataron a alguien.
El mendigo sólo salió de su escondite cuando sintió a los forajidos lejos. Se dirigió hacia el lugar donde escuchó el disparo. A lo lejos reconoció el caballo bayo. Corrió hacia él, y pudo distinguir el cuerpo del mariscal, inerte, con una estrella de sangre en la frente. No podía creerlo: el mariscal, el mismo que había visto hace un año en Tarqui, el mismo que hacía unos momentos le había dado unas monedas, estaba muerto. Miró hacia todas direcciones, sin saber qué hacer. El mundo le daba vueltas. Lloraba y reía al mismo tiempo. Corrió hacia todas direcciones, desorientado, hasta que se topó con unos viandantes. “Pobre loco”, se decían éstos, hasta que el mendigo los vio y les contó con voz alterada lo que había visto. Los llevó al sitio. “Allí, allí esta mi mariscal, muerto muertito, muerto muertito”, gritó. Los viajeros lo comprobaron y, aterrados, llevaron el cuerpo hasta el puesto fronterizo más cercano, que era el de Ecuador. También llevaron consigo al mendigo, casi a la fuerza.
Los militares del puesto enviaron el cuerpo de Sucre al pueblo más cercano y al mendigo lo dejaron preso, creyendo que él había sido el autor del crimen, hasta que éste, en un momento de lucidez que aún le quedaba, les contó acerca de los bandoleros que vio. Los gendarmes, al oírlo, se limitaron a decir: “Ya no podemos entrar a Colombia, que se encarguen los colombianos de eso”.
La muerte de Sucre cambió a muchos.
Cambió a Ecuador, pues decidió separarse definitivamente de Colombia. Cambió a su esposa y a su hija, quienes se convirtieron en fieles guardianas del recuerdo del mariscal. Cambió al Libertador, pues lo volvió más viejo y más triste, y le aceleró la muerte. “Ha muerto el Abel de Colombia”, dicen que dijo, desgarrado por la noticia. Cambió a sus asesinos, pues uno de ellos casi se vuelve loco cuando vio en la Plaza Mayor de Bogotá el alma en pena del mariscal. Y también cambió al mendigo, pues él, que sufría de una torturante cordura, no recuperó la razón. Vivió el resto de sus días en un manicomio, medio atendido, con comida y techo asegurados, recordando cada vez que podía al mariscal, a “su” mariscal. Los demás locos y todos en el manicomio le decían, en burla, “el edecán del mariscal”, título que se tomó hasta con dignidad.
Lo último que se supo de él fue que había muerto de cólera morbo. Murió en su cama, con su alegre locura, con sus ojos azules apagados por la víspera de la muerte. Dicen que sus últimas palabras fueron: “Adiós, muchachos. Me voy a reunir con mi Mariscal”.
Murió con una sonrisa. Y su alma fue en busca del mariscal, allá en Berruecos.
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